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Ciudadanos de rosa: ¿una agenda electoral encubierta?

“Cuatro años tardaron. Llegaron justo a tiempo: faltando catorce meses para la elección, momento ideal para empezar a llenar —quién sabe con qué dinero— los espacios de la radio y la televisión para dar cabida al movimiento ciudadano”. Foto: Galo Cañas Rodríguez, Cuartoscuro.

Rosa. No pudieron elegir mejor color.

Desprestigiados el amarillo, verde y azul como banderas políticas, los líderes de la oposición se envuelven en el rosa, el nuevo color ciudadano. Camaleones como ellos solos, el domingo vimos desfilar al viejo establishment político con camisetas blancas y sombreros rosas. Parecían felices en su nuevo disfraz. Un descuido y caíamos en la trampa…pero no nos confundamos, aun vestidos de rosa, estamos frente a los mismos de siempre.

Hablemos con la verdad: la versión según la cual el Plan B “cercena” y “destaza” al organismo electoral y pone en “riego las elecciones de 2024” pertenece al ámbito de lo catastrofista.[1] No es otro jaque más a la democracia del país. Es, si acaso, una irresponsabilidad bajo la cual el Presidente se cobra (o pretende cobrarse) un agravio personal. Lo leo como un berrinche, una revancha, un infiernito: un juego de vencidas que se explica mejor desde el diván que desde el escritorio del estadista. No menos, pero tampoco más. Sin embargo, el pánico generado por la narrativa catastrofista ha sido suficiente para catalizar al movimiento opositor. Y está bien: así es la política.

El hecho es que cuatro años después, la oposición por fin dio con la tecla. Lo intentaron de muchas maneras, pero el domingo, por fin, so pretexto de defender al INE, se articuló un movimiento de clases medias (en realidad medias altas) dispuestos a enfrentar directamente al Presidente. Cuatro años tardaron. Llegaron justo a tiempo: faltando catorce meses para la elección, momento ideal para empezar a llenar —quién sabe con qué dinero— los espacios de la radio y la televisión para dar cabida al movimiento ciudadano.

Insisto: hablemos con la vedad. Debajo del adjetivo de ciudadanos y del rosa mexicano, muy debajo de la pretendida defensa del INE, se esconde el germen de un movimiento electoral que tiene muy contentos a los Jesús Zambrano y Alitos de la política nacional. La perorata de Beatriz Pagés en el Zócalo prueba lo que digo.

En el discurso estrella de la movilización, Pagés anunció “hoy inicia aquí y en más de 100 ciudades del territorio nacional, la construcción de un gran frente ciudadano para ganar el 2024”. Primera noticia. Pagues se acelera, huele sangre: “desde hoy llenemos las urnas para votar por México, votemos en contra de la mentira y de la mediocridad, votemos en contra de populismo, depredadores y autocráticos”. La periodista termina arengando contra el “populismo demagógico”, el “autoritarismo galopante” y la “tiranía insaciable”. [2] Le faltaron minutos para tantos adjetivos; le sobró multitud para tanto grito.

De modo que la manifestación en contra de seis tristes y áridas leyes secundarias, bautizadas como el Plan B, se convirtió, en un número digno del mejor mago, en la inauguración de una campaña electoral. El fenómeno lo narra mejor Roberto Zamarripa en su crónica para Reforma: “el movimiento anti presidencial rompe el capullo y se planta como alternativa electoral”. Hace falta más que un salto cuántico para explicar la distancia entre la pretendida oposición a seis leyes secundarias y la creación de un movimiento electoral como el que se propuso en el Zócalo.

Imagino —quiero pensar— que más de uno de los asistentes habrá levantado la ceja al terminar el discurso de Pagés. O no: acaso eso esperaban, acaso eso les movía. No lo sabemos. Quienes seguramente se frotaron las manos y asintieron con placer a cada adjetivo que salía del micrófono de Pagés fueron los líderes políticos que antes vestían de amarillo, verde y azul y ahora se disputan las últimas prendas rosas del supermercado. Desprestigiados por su pasado, el disfraz rosado es su único salvavidas a la vida política. ¿Cuánto tiempo tardarán camuflados? ¿Cuántas noches serán necesarias para que los príncipes se terminen por revelarse en sapos?

El domingo presenciamos el nacimiento de una agenda electoral que, hasta hace poco, buscaba mantenerse encubierta. El calificativo de ciudadanos durará hasta que comience la rebatinga de cada seis años. Y el rosado, por más caro que sea el suavizante, también se deslava con el tiempo.

[1] Recomiendo la lectura de Luis Miguel Carriedo, “Apocalipsis o plan b para el plan b electoral”, La Lista, 3 de febrero de 2023.

[2] Sigo la crónica de: Roberto Zamarripa, “Una Marea que empuja”, Reforma, 27 de febrero de 2023.

Carlos A. Pérez Ricart

Carlos A. Pérez Ricart es Profesor Investigador del CIDE. Es uno de los integrantes de la Comisión para el Acceso a la Verdad y el Esclarecimiento Histórico (COVeH), 1965-1990. Tiene un doctorado en Ciencias Políticas por la Universidad Libre de Berlín y una licenciatura en Relaciones Internacionales por El Colegio de México. Entre 2017 y 2020 fue docente e investigador posdoctoral en la Universidad de Oxford, Reino Unido.

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