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Contra la solemnidad, Les Luthiers

Johan Sebastian Mastropiero fue un compositor tan importante como Bach, digamos que es una especie de alter ego suyo. La extensión de su obra, su apasionada vida colmada de amores imposibles, con musas inatrapables, altibajos emocionales y talento inigualable lo convirtieron en un icono, pero no de la música; curiosamente, de la comedia. Y es que ese compositor, que nunca existió, fue un invento de Les Luthiers, un grupo de geniales músicos, compositores, comediantes e inventores, que llenó nuestras tardes de domingo familiar. Después de comer, cuando había que organizar la lavada eterna de trastes, mi mamá iba al tocadiscos, colocaba la aguja y empezaba la diversión. Uno por uno, los sketches sobre la vida de Mastropiero y sus hazañas musicales nos hacían reír aunque fueran los mismos. Eran un torrente de inteligencia, agudeza, comicidad de alto nivel.

Y fue la noche del miércoles 26 de abril, en el Auditorio Nacional donde Les Luthiers protagonizó el último capítulo de la vida de Mastropiero. Delante de unas cinco mil personas, ofreció una entrevista en la que va contando sus tropiezos y sus aciertos, haciendo gala de su enorme capacidad para hacer reír. Les Luthiers se despide para siempre y lo hace con su gira del adiós: Más tropiezos de Mastropiero. Se extrañó horrible a Marcos Mundstock y a Daniel Rabinovich, y del grupo original, solo vimos a Carlos López Pucho y a Jorge Merona; todos fueron aplaudidos como ídolos sobre todo los dos originales. En esta ocasión recrearon los distintos momentos, llenos de matices, de una manera única para jugar con el lenguaje, con la riqueza de las palabras que los hicieron únicos e irrepetibles, nunca habrá alguien que los supere. Hoy puedo decir, eran demasiado buenos.

Desde el nombre, que nos remite a los antiguos creadores de instrumentos, sabíamos que estos músicos inigualables estaban consiguiendo un concepto original. Ellos mismos construyeron sus loquísimos artefactos musicales que consisten en una pila de balones de basquetbol, que opera como caja de vientos; una tina de baño de la que brotan percusiones o un mingitorio que emula una tuba y muchos más. Además, son pianistas, violinistas, guitarristas, trompetistas. Lo que se les ponga enfrente lo vuelven música y humor. Una orquesta de intérpretes cuyo virtuosismo les permitió recrear música de todas las épocas en escenas cómicas que hicieron reír a generaciones enteras. Todo fue posible encabezados por el inigualable Marcos y su comparsa genial Daniel, que dieron personalidad a este grupo.

Capaces de emular una canción juglaresca o cantos gregorianos, hasta una salsa, un tango, una milonga, o bossa-nova, con sus sketches llenos de sentido del humor y agudeza, siempre confiaron en un público culto pero capaz de reír finamente. Jamás vi que cayeran del pedestal de la elegancia y la farsa. A diferencia de muchos nuevos comediantes que hacen carcajear a través de la vulgaridad que exhibe falta de recursos, Les Luthiers siempre mantuvo ese humor perfecto a través de juegos deliciosos de palabras, de anécdotas que cruzaban y hacían revivir la historia de la música.

La noche de despedida, los que íbamos llegando al auditorio nos veíamos con curiosidad unos a otros. No nos conocíamos, pero estábamos ahí porque teníamos en común el cariño de tantos años. Sin decirlo, se sentía, formamos una especie de cofradía “Les Luthiers”, que creó una atmósfera muy especial. Éramos un público que representa esa clase media, culta, informada, que juntó su dinero para poder pagar el alto costo de la entrada. En el Lobby, intercambiábamos miradas cómplices. Yo me pregunté varias veces, al ver a los emocionados asistentes, ¿hace cuánto tiempo conocerían al grupo?, ¿habrán tenido la misma tristeza que yo cuando murió Marcos y luego Daniel? ¿cómo sería la última noche con ellos?, ¿qué repertorio nuevo escucharíamos y cuántas viejas escenas reconoceríamos?

La música clásica suele ser percibida como un arte solemne de personas aburridas y hasta tiesas. El erudito es un señor que habla y habla citando nombres imposibles, aleccionando y demostrando su cultura más allá del interés que pueda despertar el tema. Luego las obras en sí requieren nuestra atención y disposición para poder siquiera ser escuchadas. El camino de la música es largo y puede ser denso y pesado. Espanta porque de entrada lo conectamos con una idea de rigidez, de callar y escuchar, de no ser parte del mundo de los sabios. Y ahí es donde Les Luthiers logró conectar con los públicos de todas las edades y clases sociales, la única condición es el sentido del humor, saber reír con inteligencia; desacralizar, humanizar y recrear, de una forma divertida los pasajes de la vida de los clásicos.

El teorema de TalesEdipo de TebasLa kermés de los sábadoslos colectiveros, fueron mis favoritos, y volvieron fan absoluta a mi hermana Sharon que se aprendió de memoria casi todo el repertorio. No hay cosa más simpática que verla interpretar las voces, los tonos argentinos, las puntadas y ocurrencias del grupo. Gracias a ella y a que a la mínima sugerencia se arranca con un sketch completo, sin olvidar un solo detalle, el espíritu de Les Luthiers se ha mantenido vivo y fresco en nuestra familia. Curiosamente fue la última cosa que escuchamos con mi madre mientras su vela se apagaba. Sharon nos recitó Edipo de Tebas completo y luego nos recetamos el de Ester psicore, que es uno de los más logrados. Mi mami tenía una sonrisa plena, nos escuchó reír hasta el final. Se sonrió con nosotros y con la vida. Los Les Luthiers estuvieron ahí.

La noche de despedida, en el auditorio, todos los que estábamos ahí, sabíamos que también era un final. Había melancolía y ganas de reír con cierta tristeza de que este grupo de comediantes, que nos hicieron tantas tardes felices y que nos mostraron el arte del ingenio se acabe. El espectáculo corrió como siempre, lleno de aplausos, de exclamaciones, de miradas afirmativas entre el público. No fallaron en ninguna de sus participaciones. La virtuosa interpretación con sus absurdos instrumentos que nos recuerdan las locuras de John Cage y su Water Music, llegaron como siempre. La agudeza mental que mostraban en sus guiones y la capacidad de inventar personajes tan simpáticos como inverosímiles nos permitieron disfrutarlos, de nuevo y por última vez, de una forma divertida y relajada. Para todos los que amamos la música mal llamada “clásica” y que sabemos que su lenguaje puede ser tan elevado y francamente pedante hasta poner una barrera, la noche del miércoles fue una gozada. Aunque Les Luthiers es mucho más que eso: atesoro perlas de su filosofía que me acompañarán para siempre. “Toda cuestión tiene dos puntos de vista, el equivocado y el nuestro”; “el que nace pobre y feo tiene grandes posibilidades de que al crecer le desarrollen ambas condiciones”; “errar es humano, echarles la culpa a otros es más humano todavía; “no soy un completo inútil, por lo menos sirvo de mal ejemplo”.

Le pedí a Sharon y a su aguda memoria que me seleccionara ciertos momentos en los que, literal, llorábamos de risa. Se los dejo en ligas que podrán encontrar en mi texto por escrito, espero que a los que no los conocen, les resulten divertidos y los que los conocen los vuelvan a disfrutar tanto como mi hermana Sharon y yo. Larga vida a Les Luthiers.

 

Susan Crowley

Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.

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