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Fox y la mota – SinEmbargo MX

El tema de esta columna no es la mariguana ni el expresidente que escribe tuis aparentemente poseído por el espíritu de un puberto analfabeta y amoral, sino la corrupción de que, en sus últimos cinco días, el Presidente Enrique Peña Nieto le haya autorizado, vía la Cofepris, 63 licencias para vender productos chatarra. El tema es que Vicente Fox es un subproducto de la corrupción. 

Basta pensar en que, desde que era el candidato disfrazado de vaquero, usaba una suite del hotel Fiesta Americana, en el Paseo de la Reforma de la capital, que su dueño, Olegario Vázquez Raña, le obsequió como “cortesía”. Vázquez Raña, desde su periódico Excélsior elogió sin mesura a Vicente Fox, quien, cada día de su Presidencia le dio 7.5 millones de pesos a los medios de comunicación, al día, hasta llegar a gastar, en todo su sexenio, 16 mil millones. Con esa fortuna de dinero público, el Gobierno de Fox pudo haber construido, por ejemplo, 17 hospitales de especialidades o dos mil 200 escuelas. Prefirió hacerse propaganda personalizada. Muchos lo saben, pero no está de más recordarlo: el día que presentó a su Gabinete el 17 de julio del año 2000, Fox le había solicitado ilegalmente 100 millones al Presidente Zedillo para sus gastos de transferencia del poder. Sin embargo, Fox aseguró que nadie en su equipo estaba cobrando y que trabajaban sólo “por amor a México”. Su equipo cercano solicitó dinero como si no fuera público: Porfirio Muñoz Ledo, por ejemplo, pidió 200 millones para redactar su inexistente “reforma del Estado” o José Luis Reyes, encargado de la seguridad del equipo de transición, demandó rentar una oficina en las Lomas de Chapultepec. Zedillo acabó por ordenar la creación de dos fideicomisos para Fox y su equipo comenzó a cobrar como si fueran “asesores” de la Secretaría de Hacienda de José Ángel Gurría. Más tarde, se integró otro fideicomiso al amparo de Inbursa de Carlos Slim, para recibir “donaciones” privadas protegidas por el secreto bancario. El dinero de Hacienda se depositó en ese fideicomiso privado con las partidas presupuestales que debieron adjudicarse a “actividades prioritarias” de estados y municipios. Del dinero de Hacienda, sabemos que Fox y sus empleados se gastaron 45 millones en tan sólo tres meses. Del privado, nunca hubo información. Así, desde el inicio, el ansia por el gastarse el presupuesto público disfrazado de “donaciones” privadas dominó a esa mezcla de conservadores radicales, yunquistas, y gerentes que fue el Gabinete de Fox. Su signo fue un personaje oscuro que estuvo encargado de la lucha contra la corrupción, junto con Francisco Barrio Terrazas, llamado Eduardo Romero Ramos. Él cobró en tan sólo tres meses, 300 mil pesos, provenientes de la simulación de los fideicomisos privados que, en realidad eran transferencias ilegales de dinero a cuentas a su nombre. Al final, los foxistas terminaron cobrando en sólo tres meses de trabajo un total de 24 millones del Gobierno de Zedillo y 60 millones de Grupo Alfa, Cemex, y Telmex; es decir, unos 84 millones, por puro “amor a México”. En Veracruz, una semana antes de tomar posesión como Presidente constitucional, un reportero le preguntó a Fox si él estaba cobrando un salario. El Presidente electo contestó, como siempre, tramposamente: “Todos, sí. Nosotros, no”. El 1 de diciembre de 2000, Fox llevó a sus dos tomas de posesión dos traje diseñados por Hermenegildo Zegna. 

Como dice el doctor en Ciencias Sociales, Raúl Angiano, el foxismo fue “una caricatura grotesca del PRI: un presidencialismo sin autoridad, tamizado por la frivolidad de la pareja presidencial y la ignorancia agreste de su titular”. Debajo de su figura larguirucha, estaban los intereses aliados que lo llevaron al poder: los empresarios, los medios de comunicación, y la ultra derecha vernácula. Él se pasó el sexenio sumido en escándalos de corrupción como la remodelación de Los Pinos por nueve millones; me refiero a la tristemente célebre compra de toallas con un sobreprecio de 400 dólares por toalla, sábanas de tres mil dólares, cortinas de 17 mil dólares y una cama que costó medio millón de dólares. Hundido en escándalos internacionales como la gira en China en la que su Secretario de Relaciones Exteriores, Jorge G. Castañeda, y su pareja presidencial, Martha Sahagún, jugaron escondidillas detrás de los soldados de terracota, figuras sagradas de la tumba de un emperador muerto hace más de dos mil doscientos años; y el memorable “comes y te vas” que le aplicó al comandante Fidel Castro para demostrar su compromiso de tapete con la administración George Bush Junior. Arruinado por su propia convicción de descartar de la boleta electoral para la siguiente elección presidencial a Andrés Manuel López Obrador, mediante una serie de argucias legales, presiones a los jueces, utilización de la Procuraduría General, en las que se empeñó más de dos años de su sexenio, del caso Paraje San Juan al desafuero del Jefe de Gobierno del Distrito Federal, entre 2003 y 2005. Fox empeñó la mitad de su sexenio en descarrilar a López Obrador. Ahí se deshizo el supuesto personaje que encarnaba la “transición a la democracia”. 

El otro personaje, que iba a acabar con la corrupción priista empezó como un agricultor en quiebra y, después de seis años de Gobierno, acabó como dueño de una extensión de cuatro mil hectáreas de tierras que no se pueden transitar a pie en un solo día, el rancho de San Cristóbal, con hortalizas que se exportan congeladas a los Estados Unidos, agaves para hacer tequilas, cabezas de ganado que fueron compradas por una partida secreta de su Presidencia. La remodelación la pagamos con dinero público en 2001, con el pretexto de que iba a dormir George W. Bush en ese rancho. Su Centro Fox costó 12 millones de dólares. Tiene un auditorio con capacidad para 500 personas; una explanada para tres mil asistentes, un área donde, de manera permanente, se exhiben los obsequios que recibió Fox como Presidente, una biblioteca para 300 usuarios que pueden consultar —sabrá Dios para qué— 25 mil volúmenes sobre democracia, liderazgo, transparencia, equidad de género, combate a la pobreza y políticas públicas durante su sexenio, además de tres millones de documentos. Si leemos al primer consejo directivo del Centro Fox, presumimos pagos de favores al por mayor: Amparo Espinosa Rugarcía, hija del banquero Manuel Espinosa Yglesias; Arturo Sánchez de la Peña, empresario de la línea de autobuses Estrella Blanca, y el banquero José Pintado Rivero. Y como “asociados” están Olegario Vázquez Raña, Carlos Slim, Lorenzo Zambrano, Roberto Hernández, Federico Sada González, director de Vitro; el leonés Sergio Díaz Torres, dueño de Bardahl, y Eduardo Tricio, presidente del Grupo Lala, a quien se le entregó el agua. 

Fue la propia Auditoría Superior de la Federación dependiente de la Cámara de Diputados y la Secretaría de la Funcion Pública, las que señalaron la corrupción de Vicente Fox a través de los hijos de su esposa, Martha Sahagún, y de una empresa fachada, Oceanografía. Resulta que el 97 por ciento de las operaciones de esta empresa de arrendamiento y mantenimiento de plataformas petroleras se hicieron al amparo de irregularidades en Pemex. Durante el sexenio de Fox, sus propios hijos fueron beneficiarios de contratos millonarios que continuaron en el Gobierno de Felipe Calderón. No contentos con estos contratos a modo, los hermanos Jorge Alberto y Manuel Bribiesca Sahagún cometieron un fraude de 400 millones de dólares contra Citigroup al presentarle facturas falsificadas de supuestos pagos, contra los que se les hacían préstamos. Oceanografía falsificó los pagos con la ayuda de por lo menos 14 altos funcionarios de Pemex Exploración durante el Gobierno de su padre. El última día de su Gobierno, el 30 de noviembre de 2006, el Procurador Daniel Cabeza de Vaca decidió no ejercer acción penal contra los hijos del Presidente saliente porque los diputados que demandaron “no acreditaron que les afectaran los negocios de los hermanos Bribiesca Sahagún”. Así, Fox protagonizó el clásico, “quítate tú para ponerme yo”, en la corrupción que supuestamente su partido combatiría. Para él, la silla presidencial no era un asiento sino una cuchara, de las grandes.   

Fox había hecho promesas y propuestas que casi nadie revisó, guiados por la pragmática del voto “útil”, es decir, de votar por quien pudiera sacar al PRI de Los Pinos. Pero, si revisamos lo que decía Fox, encontramos un champurrado de barbaridades. Por ejemplo, en uno de sus libros de campaña, escribe: “México no puede sobresalir como Nación porque los recursos naturales y humanos no se aprovechan. Los recursos naturales se explotan y se administran con torpeza monumental; a los recursos humanos lejos de reconocerlos como una fuerza laboral competitiva, se les considera un lastre, carne de cañón electoral dispuesta al soborno”. Es decir, para Fox el tema era gerencial, de buena administración, no de justicia social y, mucho menos de combate a la corrupción. Al final, su Gobierno fue una combinación de gerentes que provenían de Coca-Cola, como él mismo y el encargado del abasto de agua, de Vitro, Jafra, Gillette, Sabritas, Avantel, Telmex, Bancomer, Banamex, junto con personajes del Yunque, como sus encargados de política interior, y algunos panistas que, al mismo tiempo, eran empresarios fracasados como él mismo. Fox es un personaje que sólo puede presumir de que provenía de un partido distinto al PRI, aunque fuera igual al de Zedillo en muchos aspectos: la confianza ciega en la tecnocracia y las consultoras; su fe casi dogmática en la computación y el inglés; su certeza de que lo empresarial era la forma adecuada de las políticas públicas; el desprecio por las organizaciones sociales, como los pobladores de San Salvador Atenco y las comunidades del EZLN; su desdén por las mujeres a las que propuso microcréditos para que se mantuvieran ocupadas; su orgullo de que no leía; la idea de que, si le llamabas de otra forma a un Gabinete, por ejemplo, Orden y Respeto a las secretarías de Gobernación y Seguridad Pública, ya habías cambiado al país.

Ahora sabemos por la “mañanera” del Presidente López Obrador que la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (la Cofepris), en ese entonces dirigida por Mikel Arriola y cuya cabeza de sector, en Salud, era José Narro Robles. Arriola, usted lo recuerda, fue un atolondrado candidato del PRI a Jefe de Gobierno de la Ciudad de México en 2018 y presidente de la liga de futbol mexicano. José Narro es exrector de la UNAM, populizador del término “nini” que, según explicó en 2021 “no descalifica, sino que identifica”, pero más importante, en 2019, fue candidato a presidir el PRI, del que dice ya no es militante ahora. Es interesante que Vicente Fox haya sido leal al menos a su alianza de facto con los priistas, es decir, con los intereses que lo llevaron a la Presidencia de la República. Fueron los priistas los que le concedieron ilegalmente esos permisos de venta de productos de la mariguana, en sus distintas compañías, entre ellas en una, Paradise, en la que es socio de Roberto Palazuelos, el fallido candidato del partido del Movimiento Ciudadano para gobernar Quintana Roo, cuya carrera política se debilitó por el detalle de haber confesado en la televisión, en octubre de 2020, que había matado a dos personas en 2001, es decir, durante el Gobierno de Vicente Fox. 

La llamada “transición a la democracia” de la que se ha escrito tanto y hasta existe un instituto de estudios al respecto, de donde salieron durante décadas los funcionarios del IFE, es realmente un pacto de intereses entre los empresarios y los priistas. Así se conformó la que López Obrador llamó “mafia del poder” y que ahora, al desnudo, es el PRIAN de Claudio X. González. Para hacerla posible usaron a un político bocón y disfrazado de vaquero bravío, empresario fallido, que les permitió una imagen adecuada para convocar a los votantes en el 2000. Dijeron que iban a sacar al PRI de Los Pinos pero ellos mismos propicirían su regreso con otro figurín prefabricado, Enrique Peña Nieto. Así la historia de la “transición democrática” con sus héroes panistas empresariales, bárbaros del campo agro-industrial, fue sólo un cambio de manos de una oligarquía priista a otra panista. Es la misma oligarquía, la de los medios, las lecheras, los monopolios del cemento, el vidrio, el transporte camionero, los mismos que ahora respaldan a Claudio X. González. Es la misma que diariamente paga talegas de dinero para atacar el proceso de transformación. Es la misma que, sin importar que se hayan enriquecido al amparo del poder público, siguen deseando más y hasta se hacen vendedores de productos chatarra. Así terminó la tan comentada “transición”, en uno más de los cachivaches de la historia. 

Fabrizio Mejía Madrid

Es escritor y periodista. Colabora en La Jornada y Aristégui Noticias. Ha publicado más de 20 libros entre los que se encuentran las novelas Disparos en la oscuridad, El rencor, Tequila DF, Un hombre de confianza, Esa luz que nos deslumbra, Vida digital, y Hombre al agua que recibió en 2004 el Premio Antonin Artaud.

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