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La celebración del juego – SinEmbargo MX

“La pasión del cielo”. Pintura: Tomás Calvillo Unna.

I

Esa perfección que el acierto celebra

en la mesa de billar de cada día,

es una certeza de centímetros esculpidos

que reconoce un orden que nos precede

y cuestiona.

La celebración del juego diestro

interroga en su hondo silencio,

que aparenta su rutina,

la geometría

que contiene las mil y un formas

donde los sucesos acomodan su sentido.

Cada quien tiene puesta su mesa

en las primeras horas,

a pesar del desconcierto

que comienza a envolvernos.

No es ya más el ajedrez saturado

donde las piezas saltan

y se fracturan.

Lo que toca es el fino pulso,

del taco y la tiza

de una carambola

que a la mayoría acalle.

No es cuestión de meses, ni de horas;

es el diestro movimiento a vista de todos

que la esfera blanca captura

en su rotación de golpes,

cuando retorna la paz a la tierra

para los de buena voluntad

y para los que carecen de ella.

II

Dilatar el espacio, no la velocidad

permite que el tiempo

adquiera su entendimiento;

y el afamado karma

encuentre su ritmo y transparencia.

Las cuerdas infinitesimales

de la experiencia;

ese paisaje que llevamos,

el tapiz en cada quien

en su imbricado tejido;

causa y efecto

que armonizan el sonido:

las tres bandas,

la danza de la vida,

el saber desplazarse;

la pista de hielo de la infancia,

la fruición de la cuchilla en la superficie,

los tobillos

como mancuernas

en su exactitud;

la respiración sin fuga

de la condición propia:

el aliento de la energía interior

que la naturaleza acoge

en toda diversidad imaginada.

III

La erosión inherente a la creación

que hace de las suyas cada instante

aunque esté ausente

en la superficie de las cosas;

surge con frecuencia,

en toda despedida

que contiene esa tensión de lo que acaba,

el adiós que no convence, pero sucede.

En cada acontecimiento

hay una corriente que lo antecede

y trasciende,

donde las posibilidades se multiplican

ante la emergencia del destino.

Cómo habita el mundo sus ruinas

en los escalones a los cielos

que se pulen,

con la esperanza de millones,

cuando las astillas

de los dolores inconclusos se dispersan,

aquí y allá,

entre sueños y pesadillas

y promesas rotas

de palabras quebradizas,

-un tartamudeo metafísico -.

El golpe seco en las esquinas de lo incierto,

los rumbos con sus horas contadas,

una y otra vez;

la partida apenas comienza.

La jerarquía interior del pensamiento,

una estructura poliédrica

en permanente movimiento,

que no se advierte,

suele multiplicar la realidad,

cuando en la inmensidad somos uno,

abocados a compartir

la extraordinaria experiencia del existir.

No hay de otra,

la superficie verde intacta,

también es una metáfora de la mente.

 

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