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La ciudad siempre gana…? – SinEmbargo MX

El vía crucis emprendido por el periodista y cineasta Omar Robert Hamilton, en La ciudad siempre gana deja una profunda sensación de desesperanza. La resignación ante el fracaso y la derrota del que ha sido el movimiento más significativo a nivel internacional en lo que va del siglo XXI: la Primavera de Medio Oriente.

Difundido como el gran momento de afirmación de jóvenes revolucionarios que propagaron su voz, a través de las redes sociales, representó la materialización de un anhelo de libertad y derechos traducidos en las osadas acciones de miles.

Las pésimas condiciones de vida, desempleo, carencia de alimentos y viviendas y la brutalidad de la policía eran la queja principal. La integridad en riesgo era poca cosa, mejor morir por un sueño que vivir en la sumisión. La primavera árabe, también conocida como Revolución blanca, fue un movimiento en contra de la bota en el cuello, en naciones sometidas por sátrapas y dictadores.

En 2012 un ejemplo de sátrapa contemporáneo, Hosni Mubarak, perpetuado en el poder durante treinta años, vio al que consideraba su “pueblo” clamar por la libertad. Frente al bastión del arte antiguo, orgullo de todos, el Museo Egipcio, en la Plaza Tahrir, se respiró una atmósfera de idealismo e insolencia. Las entonces nuevas generaciones, los estudiantes universitarios seguidos por una multitud de adolescentes, impregnaron el espíritu que luego llevaría a gente de todas las edades, especialmente mujeres, a exigir derechos que el gobierno les negaba.

El contagio y la emoción lograron su objetivo en pocos días. Mubarak fue destituido y encarcelado. Parecía que después de tantos años la democracia por fin triunfaba. Nuevas elecciones, pensamientos de vanguardia se pondrían al servicio de la libertad. Sin embargo, era apenas el comienzo de una pesadilla que terminaría en un golpe en contra de los sueños de muchos.

El libro es una crónica escrita día a día, por horas; los minutos en los que las cosas parecían cambiar para bien y, de un momento a otro, se traicionaban los ideales. Una utopía condenada al fracaso. Nada quedó más que muerte, dolor y una necesidad desesperada por dar vuelta a la página y dejar atrás los funestos acontecimientos. Una protesta masiva que terminó convirtiéndose en el nuevo régimen militar, más represivo, con mejores sistemas de inteligencia al servicio de la invasión de la vida civil. La fuerza de un gobierno represivo a la que se unió el ejército implacable para infundir el miedo, llevar a cabo persecuciones, torturar, encarcelar y desaparecer.

Egipto antiguo creó un mundo dedicado al arte con monumentos masivos que aún resultan asombrosos. La poesía, lo sagrado, la fragilidad y delicadeza de un sueño de faraones que trascendieron a costa de la esclavitud y el dominio de su pueblo. Pocas culturas en la historia del mundo dieron cuenta de un mayor y más duradero esplendor que la egipcia, sostenida en la injustica y el despotismo. Nada cambió, la historia se repite hoy con más pobreza, con menos incentivos para rebelarse.

Reduciéndose a provincia griega y después subyugado por los romanos, vio nacer una biblioteca como el milagro del conocimiento. Egipto también fue cuna del arte copto y centro poderoso del islam. Las mezquitas compitieron con las pirámides y transformaron la ciudad en el principal sitio de propagación de Mahoma y su fe.

Al imperio del Nilo también le tocó ser una de las víctimas del colonialismo. Fue expoliado y abandonado por el cruel imperio inglés. Empobrecido y desamparado entró a los nuevos tiempos dentro de los países del Tercer Mundo. Pero el inicio del siglo XX fue percibido como una luz.

Gamal Abdel Nasser gobernó para sus detractores como un faraón del siglo XX, para sus seguidores fue un líder que, por un momento, cristalizó los derechos y la justicia de su pueblo. Si bien es cierto que contribuyó a restituir la dignidad perdida de los egipcios delante de las potencias extranjeras, Nasser intentó infructuosamente encarnar la ambicionada Unión de Países Árabes de carácter socialista y popular. Otro fracaso que endeudó y terminó en una guerra en la que Egipto resultó perdedor contra Israel. Una de las peores crisis del país, a pesar de la nacionalización del canal de Suez.

El régimen de Mubarak, heredero de Nasser, está considerado como una dictadura militar, con aspiraciones de una occidentalización que benefició a unos cuantos capitales y llevó a la pobreza a muchos. Con su caída en plena Primavera Árabe, luego de tres décadas en el poder, se volvió a tejer la ilusión.

La ciudad siempre gana traduce el dolor de todos los que vivieron ese momento, en el rostro de Miriam, de Khalil y de Hafez. Con ellos recorremos los sitios de las protestas: Alejandría, Suez, Ismailia y Maspero donde ocurrió la cruel masacre de la que no queda registro oficial. El Cairo y sus barrios; la plaza Tahrir convertida en una fiesta permanente antes de ser tomada por los tanques y la contrarrevolución. El estadio de Port Said donde ocurrió una matanza de la que no se han fincado responsables. Hamilton nos lleva de la mano de estos luchadores a las calles llenas de vida, a los bares y centros de reunión en los que mujeres y hombres se convirtieron en combatientes dispuestos a dar su vida por cambiar las cosas.

La historia de amor, amistad y solidaridad entre Miriam y Khalil es un hilo conductor invaluable para dar rostro a los miles de sacrificados en esta guerra. Hafez es el amigo incondicional, el guerrero con su arma, una cámara, el mártir del terror y la tortura infringidos por el ejército. Hamilton nos lleva a vivir el limbo en el que caen quienes creían que podían cambiar las cosas. Pero el último aliento de nuestros protagonistas se ahoga con el triunfo de un político menor, transformado en cruel represor con máscara liberal: Al- Sisi, el nuevo dictador.

De nuevo la bota en el cuello aprieta y esta vez parece haber encontrado la forma de reprimir sin tener que dar cuentas a nadie. Para los jóvenes egipcios es mejor voltear la cara y hablar de las bondades de un gobierno que promete sacar a Egipto de la eterna crisis, pero que miente porque tiene listas interminables de condenados en calabozos en condiciones infrahumanas.

Los otros han muerto y otros más están exilados, buscando que el milagro de 2012 reviva. Pocas posibilidades quedan de que esto suceda. Hamilton, como muchos activistas, sigue dando entrevistas y conferencias sobre el tema. Mientras tanto, los egipcios de a pie, tal vez por conformismo o por miedo, niegan cualquier tipo de injusticia y siguen adelante. ¿Quién desea la muerte de un hijo, de un hermano, de un amigo?

Las mujeres que fueron las más fervientes incitadoras de la revolución blanca recibieron castigos espeluznantes; tortura, violaciones y vejaciones de todo tipo. Con una queja muda, impotente, han empezado a usar el velo, unas dicen por convicción, otras voltean la mirada y observan las nuevas tendencias sin protestar. Los hombres buscan trabajo y sobreviven tratando de pasar inadvertidos delante de cualquier sospecha que ponga en peligro sus vidas y el poco bienestar al que aspiran. Un celular, una forma de mirar una conversación, todo puede incriminar.

El gran Egipto de los faraones, de los sátrapas y los dictadores, la teocracia que condenó a la esclavitud, a la humillación y a la muerte a tantos, desde las épocas ancestrales parece no aprender su lección. Pero la ciudad siempre gana y ahí está como un libro abierto en el que su destino se sigue escribiendo.

@Suscrowley

Susan Crowley

Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.

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