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Las elecciones presidenciales de 2023 en América Latina

“De las tres elecciones, la de Argentina se celebra con el padrón más grande”. Foto: Gobierno de Argentina.

Por Salvador Romero Ballivian/Latinoamérica21

La política latinoamericana comprende un número crecientemente variado de procesos electorales, que van desde primarias hasta referendos e incluso comicios legislativos y hasta para elegir a los máximos órganos judiciales. Sin embargo, la elección presidencial permanece como el momento cumbre para la ciudadanía, los partidos, los medios, así como en el interés de la comunidad internacional.

En 2023 están programadas tres elecciones presidenciales: en Paraguay (abril), Guatemala (junio) y Argentina (octubre). A esos comicios, previstos en los calendarios constitucionales correspondientes, podría sumarse el adelanto de la cita presidencial en tres países andinos. En efecto, con distintos grados de probabilidad, podrían acudir a las urnas Perú, como un intento de salida de la precaria gobernabilidad; Ecuador, si es que avanzan casos como la destitución del presidente y la disolución del Congreso; Venezuela, como un nuevo episodio en el tira y afloja entre el régimen y la oposición. La sola consideración de esos casos ratifica la turbulencia que atraviesa la política regional.

Independientemente de que sean tres o más, las presidenciales se harán en el “ciclo de la pandemia”, abierto en 2020 y signado por la confluencia de crisis de tipo sociopolítico, económico, sanitario, debido a la COVID-19, y las cuales han acentuado el malestar ciudadano con respecto a las instituciones y las autoridades.

En el ámbito electoral, esta fase se caracteriza por una participación disminuida; las dificultades del oficialismo para conservar el poder y el buen viento para la oposición, sea tradicional o encarnado por un outsider. Además, estas elecciones se han distinguido por el auge de una retórica defensiva de valores morales de tipo tradicional y el crecimiento de las redes sociales como cancha de la política y las campañas. Lo más probable es que la continuidad de esas tendencias se conjugue de manera distinta y pueda haber excepciones en cada país.

El caso más definido se halla en Paraguay, tierra de uno de los últimos bipartidismos históricos que subsisten en América Latina. En una contienda que se anuncia ajustada, tal como ocurrió hace un lustro, se enfrentarán Santiago Peña, del oficialista Partido Colorado, ganador de seis de las siete elecciones desde el retorno a la democracia, y Efraín Alegre, líder de la Concertación, coalición que reúne organizaciones de derecha e izquierda, y que está articulada alrededor del Partido Liberal. Su enfrentamiento estaba previsto desde hacía casi un año y fue ratificado después de las primarias respectivas. El margen de sorpresa de terceras candidaturas parece reducido. Está en juego la permanencia colorada en el Gobierno o su segunda salida del poder en más de tres décadas.

En una ola poco propicia para los oficialismos, el Partido Colorado tiene bazas por jugar, incluyendo una estructura con una gran capacidad de movilización territorial, recursos y lealtad hacia los colores de la organización. Peña confía en que su pertenencia al ala opositora del partido le permitirá retener a los insatisfechos mediante la promesa de la alternancia dentro del mismo espectro. Por su parte, Alegre procura canalizar la insatisfacción con respecto al funcionamiento de la democracia y el Estado, agravada por la percepción de una extendida corrupción, y aspira, pues, a hacerlo mediante la promesa de la alternancia. Sin embargo, la campaña se concentró menos en el debate de políticas públicas que en el de las sanciones de Estados Unidos contra el expresidente y jefe del Partido Colorado, Horacio Cartes, así como en contra de otros dirigentes de ese partido por “corrupción significativa”.

En Guatemala hay menos certezas. En uno de los sistemas políticos más volátiles y fragmentados del mundo, ningún partido ha conseguido reelegirse ni tampoco regresar al poder: todos y cada uno de los partidos gobernantes han sido distintos. El deterioro democrático, con cierres para la libertad de expresión y reducción de la independencia judicial, forma el telón de fondo. Las chances del oficialismo parecen exiguas.

Por ahora, despuntan en las encuestas dos mujeres con trayectoria política. Zury Ríos, hija de un presidente militar, y la ex primera dama Sandra Torres, más progresista. Ellas y los otros aspirantes deben completar todavía la validación de la candidatura, una etapa que ha probado no ser un mero formalismo, como ilustró la inhabilitación de Thelma Cabrera, voz crítica contra el statu quo y próxima a los movimientos indígenas. La valla a su postulación ha desteñido las credenciales de los comicios. Tal como ha ocurrido invariablemente desde la instauración democrática, todo apunta a una resolución en segunda vuelta.

De las tres elecciones, la de Argentina se celebra con el padrón más grande. Pese a ser una de las principales economías de la región, arrastra una fuerte y endémica inflación y devaluación, que lastra el crecimiento, genera frustración y obliga a continuas y contrapuestas negociaciones con los organismos internacionales y los sectores de trabajadores.

Numerosas incógnitas siguen en la ecuación electoral. Si Paraguay y Guatemala prohíben la reelección, Argentina la autoriza, pero las opciones de Alberto Fernández, si decidiera presentarse, parecen modestas. Esto no significa que el oficialismo esté descartado de la lucha, pues la abigarrada galaxia del peronismo posee la habilidad de promover una candidatura que reivindique el balance gubernamental (si se concretan buenas evoluciones, que son cada vez más improbables), así como otra que enfatice las críticas (en la situación contraria).

La oposición liberal tendrá que conciliar sus propias disputas, cuyo tono se endurece, en tanto que la que surge en las fronteras del sistema político, con un mensaje frontal, aguarda recolectar los frutos del hastío. Todavía reina el suspenso sobre quiénes figurarán en las boletas. De a poco, se destapan los candidatos que deberán pasar por el tamiz de unas primarias con gusto de presidencial anticipada por su carácter simultáneo para los partidos y obligatorio para la ciudadanía.

La política latinoamericana continuará reconfigurándose a partir de los resultados de estas presidenciales, pero seguirá bajo el tenso signo de la incertidumbre de gobiernos entrantes a los cuales las sociedades les dan créditos a corto plazo y fuertes condiciones.

Salvador Romero Ballivian es director de IDEA Internacional en Paraguay

Latinoamérica 21

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