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Mahler, escepticismo esperanzador – SinEmbargo MX

La línea de la vida está trazada y el destino no es otra cosa que la adecuación de cada uno de los momentos vividos. Me gusta la imagen de un móvil de Alexander Calder, flotando en el vacío como si fuera una representación nuestra en el infinito. Los puntos convergen en equilibrio perfecto. Un hilo los sostiene. Sin ese hilo conductor, no habría congruencia. En ese mecanismo, somos la suma de lo que vivimos, lo que no, lo que quisimos vivir igual que lo que no, lo que íbamos a vivir y lo que no. Lo que nunca viviremos también está allí.

Tal vez el arte sea hasta hoy la forma más convincente de participar, si tal cosa fuera posible, en el misterio de la muerte. Desde luego, no es que atenúe el dolor. No existe representación alguna que pueda consolar la ausencia de un ser. Pero quien vive cerca de la materia artística, se topa constantemente con este acontecimiento. De una forma sensible, el artista muestra el enigma infranqueable al que nos hemos de enfrentar todos tarde o temprano. Como le ocurre a Iván Ilitch, el único instante en el que seremos auténticamente “yo”, delante de nosotros mismos. Es la máxima concreción de una vida, por lo tanto, la definición absoluta que lo es porque carece de sentido. O en todo caso su sentido es la nada. Una definición que solo puede ser posible en la extinción.

Escuchar la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler, conocida como La Resurrección, es enfrentar el poder absoluto del arte. Con 90 minutos de duración, que calan los oídos, la piel y el alma, la música nos lleva a penetrar en el tremendum que es la disolución. El compositor de Bohemia, esa tierra checa invadida por el imperio austrohúngaro, vivió escenas de muerte desde muy pequeño. La muerte de sus hermanitos, la de su madre. La dureza de un padre agresivo que nunca le ofreció un abrazo de consuelo. Más adelante, la muerte de su adorada hija María, fue una especie de destino fatal que se profundizó con la propia consciencia de ser mortal y tener los días contados. Un padecimiento de corazón ponía en cuenta regresiva el reloj de la existencia de Mahler. Implacable, certero, como si de una marcha funeraria se tratara. Y eso es lo que anuncia en los primeros acordes de la sinfonía. Una especie de rito en el que nos coloca delante del camino que habrá de recorrer.

Delante de la macabra sabiduría de la muerte, el arte de un genio reúne todo su poder. Inconmensurable dolor se transfigura en belleza. De principio a fin las escenas nos presentan un ánimo exaltado. Hay que aclarar que Mahler no tituló la sinfonía. Jamás caería en un lugar común o una obviedad para guiar a quienes la escuchamos. Tal vez es una falla irremediable que se haya ganado ese nombre, porque nos condiciona; ¿delante de la muerte, hay posibilidad de una resurrección?, ¿hemos de encontrar amparo en la imagen ofrecida por el cristianismo?, ¿hay algo más allá de la muerte?, ¿para un judío converso casi por obligación y para no perder las oportunidades de trabajo, como era Mahler, es válida la idea de resucitar?

Difícilmente el compositor hubiera jugado con esas premisas. Exageradamente sagaz, con una mente expansiva como para contarse una historieta de salvación y vida después de la vida.

Los pasajes de cada uno de los movimientos -son cinco-, nos muestran a un Mahler mucho más lúcido, absolutamente desinteresado en demostrar una teoría esperanzadora. Y aquí es donde radica el verdadero poder de la obra. Un llamado de atención con metales y percusiones nos avisan que la ruta será sin regreso. Quien quiera regresar, que no vaya, parece decir. Algo similar a lo que solía hacer Mahler a las afueras de Viena todos los días. Deambular por un bosque laberíntico, el único sitio de sosiego para el alma rota.

Y aquí “alma” en dos sentidos. La posibilidad de que su alma no tuviera salvación, sumada a la pérdida irremediable de la mujer a la que amó y que nunca entendió. Alma Mahler, esa figura potente, gigante, a la que rebajó y sometió sin comprenderla. A la que casi prohibió hacer música. Alma que le rompió el alma en pedazos para sobrevivir.

Pero Mahler no es un sufriente, ni se viste de víctima. No busca comprensión ante el dolor. “Mis sinfonías tratan a fondo el contenido de toda mi vida, he puesto dentro de ellas experiencias y dolores, verdad y fantasía en sonidos… En mí, crear y vivir están íntimamente unidos en mi interior”.

El consuelo es para los mediocres. La sinfonía totémica establece el camino del héroe trágico, un camino sin regreso. Desde el inicio, fanfarrias anuncian el final irremediable. Más adelante momentos de una dulzura tan indescifrable como dolorosa en su agudeza. Luego una anarquía organizada en la que todos los instrumentos convergen; gritan su dolor. Es la aterradora consigna: revelarnos la verdad última.

Una orquesta colosal formada por cuatro flautas -una de ellas de pícolo-, dos oboes y dos cornos ingleses, cuatro clarinetes y clarinete bajo, tres fagotes y un contrafagot, diez trompas, ocho trompetas, cuatro trombones, una tuba, timbales, percusión, campanas, glockenspiel, órgano, y dos arpas además de todas las cuerdas. Cada familia de instrumentos hace lo suyo. Las cuerdas sostienen el casi nihilismo que nos envuelve. Los pasajes de las maderas van disponiendo un nuevo orden, diríamos que el de la metafísica en la música. Los sonidos irradian colores, temperaturas, pulsiones. La verdad última es develada con poesía. La voz de una contralto profunda, vibrante, canta el verso que Mahler toma del poeta Adam Mickiewicz.

¡Oh, pequeña rosa roja!
¡El hombre yace en la mayor de las penurias!
¡El hombre yace en la mayor de las penas!

Más adelante un coro y soprano anuncian el final:

¡Resucitarás, si resucitarás,
polvo mío, tras breve reposo!
Vida inmortal
te dará quien te llamó.

¡Lo que nace debe morir!
¡Lo que ha muerto, resucitará!

No puedo imaginar a un Mahler esperanzado mas que como el genio que, palpando la imposibilidad de redención delante de lo inexorable, fue capaz de colocar la voluntad humana como única alternativa. Una especie de ejército de ángeles convertidos en materia a través de la voz lo cantan en un estallido extático. El coro de hombres y mujeres ahora con la soprano y la contralto entonan

¡Resucitarás, sí, resucitarás,
corazón mío, en un instante!
Aquello por lo que sufriste
habrá de llevarte a Dios!

Existe una imagen que me fascina sobre la resurrección. Es un icono de la escuela rusa de 1405, está en la catedral del Kremlin en Moscú. Se atribuye a Andrei Rublev. Para la ortodoxia, el evento de la salvación por medio de Cristo se conoce como la Transfiguración. Se observa un Cristo ungido, vestido de blanco, según los cánones, que recibe a las almas del purgatorio para elevarlas. El juicio final es una celebración de la justicia divina, el momento de verdad en el que vivos y muertos logran trascender a la materia para mostrar que son más que materia. Rublev debe haber sido el más sensible e inteligente de todos los iconografistas que lo rodeaban, capaz de mostrar que una idea, por más que sea insuficiente, a través del arte encuentra sustento. Su vida fue de dudas y de purgatorios en una Rusia que no entendía nada de la voluntad del artista.

Para Mahler, en mi opinión, la única verdad, “verdadera”, era la finitud de los seres humanos. La imposibilidad de reencuentro está suscrita en ese coro gigante de alabanza del final de la sinfonía. Me parece que está lejos de la esperanza fatua. Al contrario, el estruendoso repicar de las percusiones, el órgano que retumba, los metales, las voces, son un acto de rebeldía, de paganismo puro. La asunción del poder en contra incluso de lo sagrado y de cualquier idea celestial milagrosa. En Mahler no hay promesas ni ofrecimientos vanos, es demasiado lúcido y agudo como para vendernos ilusiones que nos reconforten. Sin embargo, hay una afirmación de la voluntad humana que nos sobrecoge y nos muestra el talento de un ser como el compositor. Una suerte de optimismo en medio de la negación. Mahler como Rublev, crean su propia religión. Sostienen su propio móvil, como Calder. Mueren como muere Iván. Son los genios que niegan a Dios y con ello consiguen volverse demiurgos. Profanos con el poder de transgredir, con la capacidad de transfigurar usando como vehículo el arte.

Dejo esta versión sublime del festival de Lucerna 2014 bajo la dirección del otro genio, Claudio Abbado con un pulso perfecto para entender la grandiosidad de la obra y su autor:

@Suscrowley

Susan Crowley

Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.

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