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Schubert y mi madre – SinEmbargo MX

El universo sonoro de Susana está lleno de infinitos imposibles de apresar. Cada uno de los seres que la acompañamos en su pasión por la música, pudimos atisbar en alguno. Nunca los acabamos de conocer porque su fuerza radica en que son inconmensurables como lo fue su amor hacia todo y hacia todos. Inagotable, lleno de sorpresas, de alegrías, de reflexiones, de contemplación; para mí, hoy, de una melancolía indescriptible. Su amabilidad para incluirnos, su contagio apasionado y su deliberada capacidad de seducir iban atrapando públicos que no tardaban en sumarse a su fascinante manera de contar. Esos mundos comunicados gracias a la música nos dejan un legado vivo, rebasan su vida y la música misma y son la forma de entender muchas cosas que de golpe parecerían ajenas, pero que, a fin de cuentas, están unidas y son lo mismo.

Entre las muchas conversaciones sobre música que tuvimos a lo largo de nuestra historia, que fue tan larga y al mismo tiempo parece apenas un soplo en el infinito, trató de explicarme a uno de sus grandes amores, se trata de Franz Schubert. Era difícil escucharle el adjetivo porque siempre había un favorito en turno. Hoy, mientras escribo y escucho el Cuarteto de Cuerdas en Do Mayor D. 956 trataré de explicármelo y comunicar el cúmulo de sensaciones, emociones y sentimientos que se arremolinan en mí. Si alguien conoce este quinteto y vienen a su mente otras ideas, seré feliz de que me las comparta y seguir así la conversación que tantas veces tuve con Susana. 

Dos violines, una viola y dos violonchelos, atípica agrupación para la época; fue concebido justo dos meses antes de que Schubert muriera. A las tres de la tarde, del 19 de noviembre de 1828, habiendo puesto fin a un periodo infernal y de desesperanza. La sífilis lo llevó a la más espantosa agonía. La cura del momento con mercurio envenenaba su cuerpo paulatinamente haciendo aún más crudo un final en el que los dolores no menguaban. Solo un ataque de tifo logró poner fin a una vida de deseos frustrados, de amores imposibles, de soledad en medio de la gente.

Pero justo fue en este periodo cuando alcanzó a definir su cuerpo de obra y lo más elevado de su producción musical. Un testamento desconocido para los de su época que solo gustaban de alguno de sus seiscientos lieder, pero que incluye sus últimas sonatas para piano, especialmente la 960, y este quinteto que merece un lugar especial en la historia de la música. No solo por su perfección técnica. En él habita un universo que podría recapitular el pasado y adelantar todo lo que ocurriría a partir de Schubert en la música. Si La muerte y la doncella es una obra totémica, llena de momentos inverosímiles, en el D.956, Schubert dejó todo lo que para él significaba el arte de la composición. Sus sueños, las ilusiones rotas, la sensación de incomprensión de los otros. Especialmente su pasión por Beethoven al que admiraba a tal grado que el día de su muerte pidió escuchar su Cuarteto de cuerdas No. 14. El quinteto de Schubert es también el reflejo de los aires y melodías mozartianas que llevan a vivir un poco de la Viena sofisticada, alegre con una impostación permanente y llena de rincones oscuros.

Escucho en particular la soberbia interpretación del Cuarteto de cuerdas ruso Borodín al que se agregan un par de chelos. Imagino la complejidad para componerlo cuando Schubert nunca tuvo un piano; escribía sus obras, una de tras de otra, y muchas de ellas jamás fueron escuchadas por su autor. Con una duración aproximada de 50 minutos es un viaje al que se debe estar dispuesto. Dejar todo lo demás a un lado y asumirse como un caminante capaz de estar a la altura de lo que Schubert creó. Solo así se puede llegar a entender la inmensidad por delante. Partir hacia un camino que va, desde los momentos de elegancia y refinamiento que solo un vienés auténtico como Schubert podía ofrecer, pero en los que jamás hay un ápice de concesión. La exigencia del compositor es dejarnos atrapar por el cúmulo de pulsiones que seguramente lo asediaban. La consciencia de muerte y el anhelo de concretar una idea que seguramente circundaba por su mente desde muy joven pero que afloró en sus últimos momentos.

En cinco movimientos podemos transportarnos al universo en el que las notas se suceden una a una, creando igual que plenitud, desasosiego. Unos cuantos acordes nos ponen en aviso, más tarde llegaremos al insondable paisaje que nos remite a la obra del pintor Caspar David Friedrich, Caminante sobre un mar de nubes; un melancólico precipicio en el que la vida se define para mostrar la finitud humana. Un hombre solo, el artista aislado, incomprendido, ha ascendido hasta la cima. Mide su poder delante de la naturaleza salvaje, inexplorada. Así parece ser la continuación musical, un lienzo en el que se abordan los sonidos, que siempre existieron y nunca fueron escuchados, unas veces perdidos en la espesura de la angustia, un poco después de una claridad brillante, plena. El umbral musical en allegro ma non troppo, nos permite respirar y armonizar con las intenciones de los músicos.

Poco después el Adagio. La gravedad de los chelos permite un registro mucho más profundo, intenso en contraste con las dulces notas del violín. La expansión y duración que logra es lenta, dilata las emociones hasta casi no poder soportarlo. De pronto una turbulencia de sonidos que nos sacan del estado primigenio y luego la complejidad de adecuarlo todo con mesura, equilibrio necesario para la obra maestra.

Luego el Scherzo; adoro esta palabra que en italiano quiere decir broma, scherzando. Es ese juego musical tan beethoveneano, que va y viene, que cambia de ritmos y tonalidades sin previo aviso. En su conjunto logra una escala perfecta para terminar con un Allegretto que nos evoca aires húngaros tan de moda en esas épocas. Recordemos que el Imperio Austrohúngaro había alcanzado su mayor auge, reprimiendo y esclavizando sin piedad a sus vecinos. Podríamos sentir la liga amorosa de Schubert con todos aquellos paisajes de campesinos, de la pobreza que rodeaba a la Viena imperial, ya entonces sobrepoblada de migrantes, en contraste con la aristocracia de rancia actitud; llena de pretensiones, de una frivolidad que ponía de moda y olvidaba al artista. Así usaron a Schubert para su entretenimiento, lo convirtieron en su músico de cabecera, lo explotaron, en sus tan de moda “schubertiadas” tertulias retacadas de famosos, de intelectuales, poetas y mujeres bellas que se distraían del aburrimiento gracias a las obras del músico. Así lo desecharon.

Pero el legado de Schubert es increíble; poco después de su muerte surgió el poder de su música. Fascinó a Schumann, a Brahms y a Mahler y no solo los fascinó, influyó en su música por completo. En algún lugar, en otro tiempo, Schubert logró el reconocimiento que nunca tuvo en vida. Hoy es un honor y compromiso recorrer sus sinfonías, sus canciones, su música de cámara. Los más grandes autores e intérpretes lo consideran esencial en su repertorio. Escucharlo, sentirlo y padecerlo.

Las conversaciones con mi madre han podido llegar lejos, mucho más que su vida; son la forma en la que sé que la volveremos a encontrar quienes estuvimos a su lado. Susana estará siempre, eternamente en esos intercambios que parecían agotar todos los temas pero que dejaron muchos sin concluir. Hoy es Schubert y su maravillosa obra; hace apenas una semana era Beethoven y un poco antes Mozart. Tal vez en algún sitio ella esté escuchando este quinteto, o que mejor, en algún sitio ella sea la música.

Aquí el Quinteto con el Cuarteto Borodín:

Susan Crowley

Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.

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