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Verde-podrido: el origen – ADELANTO | Historias de engaño y traición del partido que se hace llamar ecologista

En este adelanto del libro La mafia verde (Ariel) de Paula Sofía Vásquez Sánchez y Juan Jesús Garza Onofre se desentrañan los orígenes del Partido Verde Ecologista de México y los inicios del pragmatismo político que lo han llevado a mantenerse por años en medio de un proceso electoral a otro.

Ciudad de México, 7 de mayo (SinEmbargo).– ”El Verde Ecologista ha sido el único partido en México que ha ganado en cada sexenio de forma ininterrumpida, incluso cuando no consigue la victoria en las urnas”, escriben Paula Sofía Vásquez Sánchez y Juan Jesús Garza Onofre en el La mafia verde (Ariel), un trabajo que recorre los pasos del partido del tucán que hace llamarse ecologista.

El texto expone cómo la historia del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) exhibe las fallas del sistema electoral nacional, en el cual un partido como este ha hecho de la político un negocio en el cual se ha aliado de las principales fuerzas políticas, como sucedió en 2000 cuando se alió con Vicente Fox y el Partido Acción Nacional (PAN); con los tres procesos presidenciales en los que acompañó al Partido Revolucionario Institucional (PRI) y recientemente con su alianza con Morena.

De esta manera, La mafia verde parte del fundador Jorge González Torres para después exponer los pactos y alianzas electorales de este partido cuyo pragmatismo le ha permitido estar con vida de un proceso a otro. Pero los autores también exponen los escándalos del PVEM como su expulsión de la asociación mundial de partidos ecologistas, los casos que involucran a sus militantes en muertes y tráfico de dinero, hasta las sanciones que ha recibido de las autoridades electorales por casos como el pago a influencers en las campañas.

SinEmbargo comparte en exclusiva para sus lectores un fragmento del libro La mafia verde (Ariel), © 2023, de Paula Sofía Vásquez Sánchez y Juan Jesús Garza Onofre. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

La mafia verde (Ariel) de Paula Sofía Vásquez Sánchez y Juan Jesús Garza Onofre.

Capítulo 1.

Los orígenes

¿Cómo surge un partido verde en México en la década de 1980? ¿De quién fue esa grandiosa idea? ¿Cómo emerge en ese contexto una combinación tan progresista como visionaria que supo hermanar las cuestiones ecológicas con las electorales? ¿Acaso en aquellos tiempos ya existía una sólida organización ciudadana que llevara las inquietudes ambientales a las urnas y los parlamentos? ¿Qué persona comprometida con el cuidado y conservación de la naturaleza se atrevió a liderar este movimiento? Sin demeritar el valioso trabajo que desde hace décadas realizan miles de activistas por el medio ambiente a lo largo y ancho de la República, lo cierto es que las cuestiones ecologistas difícilmente importaban en la agenda pública en aquella época.

El adelgazamiento de la capa de ozono y las especies en peligro de extinción eran hechos tan ajenos a las preocupaciones nacionales que en México, simple y sencillamente, resultaba fácil usar productos tóxicos y cazar jaguares a destajo en la selva Lacandona. Esta despreocupación por la ecología no era por inconsciencia social (como triste y lamentablemente sucede ahora), sino debido a una mera cuestión coyuntural, o más bien, de ignorancia colectiva.

La supuesta abundancia de recursos naturales, la falta de evidencia científica sobre la crisis climática y, sobre todo, los años previos al auge de la globalización, del capitalismo y de una desaforada producción en masa dispusieron el escenario para que el futuro del planeta no fuera un tema que causara angustia o ansiedad. En todo caso, se pensaba que era tarea propia de algunos cuantos hippies despistados, pero no de la ciudadanía ni mucho menos del Gobierno o los partidos políticos.

En ese entonces, las inquietudes en un país gobernado desde hacía décadas por la hegemonía de un solo partido eran otras, unas que, tal vez hoy, en el siglo xxi y 35 años después, sigan vigentes: la democracia y la garantía de los derechos, la economía, el empleo y la seguridad. Pero, como se dijo, el medio ambiente no era parte de la agenda. Y es que parece broma cuando se dice que los pioneros en popularizar este tema en el país fueron nada más y nada menos que unos antropomórficos, pintorescos y estrafalarios personajes liderados por un profesor de apellido Memelovsky.

El famoso programa infantil de la televisión mexicana, Odisea Burbujas (S. Roche et al., 1979-1984), planteaba una situación simple, pero con gran potencial didáctico: en su viaje por el tiempo y el espacio, los protagonistas de esta serie tenían que sortear las amenazas del Ecoloco, un villano que, bajo el lema “Mugre, basura y esmog” y cuya especialidad era contaminar el medio ambiente, boicoteaba sus aventuras.

Estas peculiares botargas impulsaron una mayor conciencia ecológica en la sociedad mexicana de ese entonces, incluso antes de la creación de un partido verde. Y es que, ¿cuáles eran las posibilidades de triunfo para una opción política marginal, cuya principal preocupación les interesaba a muy pocas personas? ¿Cómo hacerle frente al poder absoluto del pri? ¿Para qué intentar competir teniendo como bandera el ecologismo, sabiendo de antemano que, ante un sistema tan controlado y corrompido, incluso obtener un triunfo sería una batalla perdida?

De ahí que las preguntas que surgen en torno a los orígenes del primer partido ecologista en México se vuelven tan interesantes como sospechosas, por no decir turbias y contaminadas como el medio ambiente que desde hace décadas esta organización juró defender.

En su declaración de principios, cuando se relata la gloriosa historia oficial del Partido Verde Ecologista, se menciona que tuvo su origen en una modesta «brigada de vecinos de una colonia, como hay tantas en México, que sufrió la pérdida de sus espacios verdes», la cual representó la semilla «para el cambio pacífico de México» frente a los setenta años de gobierno de un mismo partido, el tan repudiado PRI que, paradójicamente, sería después su principal aliado. Sin embargo, aunque se encuentra edulcorada, es minimalista (censurada en sus aspectos más problemáticos) y, sobre todo, se encumbra hasta el peldaño más noble de la historia de la democracia mexicana; la versión oficial de los orígenes del Partido Verde —a diferencia de sus principios y fundamentos— no está repleta de mentiras.

Y es que, en efecto, en 1979, cuando un grupo de habitantes de varias colonias populares del sur del entonces Distrito Federal decidió organizarse para colaborar en la mejora de su comunidad, inconscientemente también se comenzó a incidir en la política de manera distinta a la acostumbrada en México, pues esas pequeñas acciones marcaron el incipiente florecimiento de un nuevo tipo de sociedad civil organizada, menos violenta que los movimientos estudiantiles y de izquierda que representaban una piedra en el zapato al poder desde antes de 1968, conformada por propietarios — irregulares, pero propietarios al fin— que demandaban de forma pacífica, ordenada y respetuosa con el Gobierno, la resolución de algunos asuntos puntuales.

Dichas actuaciones vecinales, que hoy en día parecen de lo más normales y que incluso los propios Gobiernos se encargan de organizar y promover, en aquellas épocas resultaban extraordinarias y sus implicaciones no eran menores. Y es que, acostumbrada la ciudadanía a un Estado autoritario en donde el abandono de sus necesidades básicas era algo habitual, llamaba mucho la atención que personas de barrios como los de Pedregales de Coyoacán, Santa Úrsula, Ajusco y Santo Domingo, cuyo único vínculo era pertenecer a un mismo comité de colonos, intentaran solucionar problemas cotidianos, como el establecimiento de mejores redes de drenaje y agua potable o la falta de áreas verdes y espacios deportivos. De esta primigenia unión entre vecinos surge una fuerte crítica a un gobierno que sostenía que los espacios de participación ciudadana debían limitarse a las urnas (las cuales, curiosamente, controlaban ellos); que, más allá de la falta de interés y de respuesta de las autoridades a sus exigencias, las personas no debían entrometerse en cuestiones públicas. El único que podía controlar y determinar lo importante para la sociedad mexicana era el Estado; cualquier presión externa se consideraba una amenaza o afrenta.

Por eso mismo resulta novedoso e importante el trabajo de estos grupos, pues, con el paso de los años, fueron mutando hasta convertirse en organizaciones de la sociedad civil con una gran capacidad de movilización. Colectivos como las Brigadas de Trabajo de los Pedregales o Democracia y Justicia Social llegaron a incidir directamente en decisiones como, por ejemplo, la anulación de un programa gubernamental que intentaba convertir un terreno anexo a una escuela en un depósito de basura. En retrospectiva, podemos decir que el primer acierto del futuro Partido Verde fue, precisamente, comenzar su andar en este tipo de organizaciones, que por su conformación, sus demandas y sus formas, no representaron para el poder una amenaza real, sino más bien, una oportunidad de lavarse la cara y construir una narrativa de apertura, tolerancia y cercanía con las expresiones ciudadanas.

Aun así, demandas de este tipo, aunadas a los altos niveles de contaminación y a los múltiples riesgos ambientales en los asentamientos humanos, se convirtieron en campo de cultivo para una creciente toma de conciencia por la preservación del medio ambiente en el entonces Distrito Federal, que desembocaría en la creación de organizaciones ecologistas de mayor tamaño. En dicho contexto surgió el Movimiento Ecologista Mexicano (mem), una especie de organización vecinal ampliada y, también, un grupo de presión política que se autodefinía como una asociación no gubernamental que buscaba incidir en cuestiones relacionadas con la protección de las especies en peligro de extinción y los ecosistemas amenazados de México; esto sin ayuda de organizaciones religiosas, partidos políticos o corporaciones multinacionales.

Dos personajes fueron cruciales no solo por ser los fundadores y líderes del movimiento, sino también porque sus visiones opuestas sobre las labores que este debería desplegar resultaron en la creación del Partido Verde: Alfonso Ciprés Villarreal y Jorge González Torres. El primero, pensando más bien desde una lógica apolítica, aseguraba que se debía evitar a toda costa transitar hacia una organización electoral, pues ello, además de traicionar la confianza de miles de mexicanos que habían elegido el camino del activismo y la acción social para transformar su entorno, sería contraproducente al restar votos a una asociación simpatizante de las causas ambientalistas. El segundo creía que el único camino para influir en esos temas era aprovechando la oportunidad de ocupar espacios en la administración pública; entonces, ambos coincidieron en que la creación de un partido sería la manera más eficaz para superar los obstáculos que se encontraban al tratar de proteger el medio ambiente.

El contraste entre una visión ajena a las grillas del sistema político mexicano y una mucho más arriesgada y activa respecto al rumbo que debería tomar la causa ecologista se explica en gran medida desde el pasado y la peculiar historia familiar de González Torres, en cuya figura resulta necesario centrarse para comprender esta atípica simbiosis. Por ello, antes de seguir con la trompicada historia del PVEM, detengámonos unos momentos en este actor que en los años ochenta solo ocupaba un lugar marginal en la política nacional y que, con el paso del tiempo, y gracias a oscuras negociaciones, terminó siendo protagonista al jugar un rol definitivo en la famosa transición hacia la democracia.

Jorge González Torres el fundador del Partido Verde Ecologista de México (PVEM). Foto: Victoria Valtierra, Cuartoscuro.

Jorge y los González Torres

Jorge González Torres, nacido en Michoacán en 1946, es uno de los ocho hijos (cinco hombres y tres mujeres) de Roberto González Terán y Margarita Torres de la Parra, un acaudalado matrimonio que amasó una fortuna siendo dueño, durante varias generaciones, de las farmacias El Fénix —una de las más antiguas de México y cuyo fundador, Felipe González Garza, es considerado un pionero en la producción de medicamentos—. Gracias a dicha herencia y a su trabajo incesante, esta familia diversificó las ganancias farmacéuticas ampliando el mercado en otros comercios, como los Laboratorios Best, una empresa constructora y una firma inmobiliaria.

Distinguido por sus habilidades para negociar y su carisma selectivo, Jorge estudió la carrera de Relaciones Industriales en la Universidad Iberoamericana y la maestría en administración pública en la Universidad Nacional Autónoma de México. Manteniendo un equilibrio entre la fama y la vergüenza, este personaje, al tiempo que se ostentaba como un “constructor exitoso” gracias a su empresa La Huasteca (mediante la cual tenía numerosos contratos con distintos gobiernos del entonces Departamento del Distrito Federal, desde Ernesto P. Uruchurtu hasta Manuel Camacho), presumía ser la oveja negra de la familia, ya que su verdadero sueño era llegar a ocupar un puesto de representación popular, así, sería el único miembro que, por sus aspiraciones políticas, no habría de continuar con los negocios familiares ni, en una labor un poquito más noble, consagraría su vida a Dios, como lo hizo uno de sus hermanos mayores, quien llegaría a ser rector de la Universidad Iberoamericana.

Y es que, en definitiva, no es que los demás González Torres hayan elegido un típico plan de vida para desarrollarse, pero claramente tampoco llegaron al extremo de ser tan extravagantes en sus carreras profesionales como para organizar la fundación de un partido ecologista en el México de entonces. Enrique decidió ser sacerdote con los jesuitas; Roberto se enfocó en el ramo inmobiliario para convertirse en un discreto empresario; tanto Javier como Víctor, aunque cada uno a su estilo, continuaron en el giro farmacéutico: uno de manera más tradicional como administrador de diversas empresas, y el otro desafiando el mercado y aprovechando vacíos legales para inventar y comercializar en México la categoría de medicinas similares y desplegar una impresionante campaña de mercadotecnia para la promoción de su alter ego, el célebre Dr. Simi; por su parte, sus hermanas Margarita, Virginia y María fueron profesionistas en áreas un poco menos álgidas y mercantilizadas que la religión y la medicina, es decir, la psicología y la educación.

De hecho, como se comenta en un reportaje publicado por la revista Expansión, Roberto González Terán formó a sus cinco hijos varones en un ambiente de competencia y rivalidad. Siempre tenían que demostrar sus habilidades en todos los ámbitos familiares. Es más, llegado el momento no los heredó, sino que les vendió las empresas que había creado y manejado. El dinero sirvió para su retiro y para ayudar a las otras tres hijas mujeres. Al asumirse un hombre de negocios de aquella época, y diferenciando las posibilidades de éxito económico tanto de sus hijas como de sus hijos, los valores familiares que primaron en el padre de los González Torres se orientaban hacia la generación de negocios privados.

La familia buscaba estar en un segundo plano para pasar desapercibida, alejada de los reflectores, pero siempre con muy buenas relaciones con el Gobierno, pues resulta obvio que desde entonces, triste y lamentablemente, en México solo se podía ser millonario con el beneplácito y la anuencia del poder en turno. Por eso llamaba la atención que uno de los vástagos de Roberto González hubiera decidido involucrarse de lleno en cuestiones públicas, dar un paso al frente e intentar lucrar con la política para llenar las arcas familiares. En definitiva, se trataba de una idea tan absurda como fantástica que solo podía verse realizada en este país.

Para tratar de entender las aspiraciones políticas y económicas de Jorge González Torres, resulta indispensable hablar también de su suegro, Emilio Martínez Manautou, uno de los principales latifundistas de Tamaulipas y un hombre con muchísimo poder; se enriqueció de manera obscena al amparo de los diferentes gobiernos priistas; fue diputado, senador, secretario de la Presidencia de la República, secretario de Salubridad y Asistencia e, incluso, gobernador de su propio estado. Esta turbia figura ejercerá una influencia determinante en el futuro ecologista y dirigente político, pues su actuar hacía parecer muy sencillo el ejercicio del poder público; su testimonio era prueba clara de cómo la combinación de dinero y paciencia bastaban para obtener un cargo de relevancia en el México del partido hegemónico.

En ese sentido, la estrategia para alcanzar dichas metas no era muy compleja. Lo único que se tenía que hacer era formar parte del PRI, tener recursos económicos, agradarles a quienes tomaban las decisiones y, por supuesto, contar con un padrino poderoso que le heredara su poder. En resumidas cuentas, se debía entender que, con un poco de suerte y de estar en el momento indicado con las personas indicadas, las cosas se acomodarían.

Jorge González Torres, nacido en Michoacán en 1946, es uno de los ocho hijos (cinco hombres y tres mujeres) de Roberto González Terán y Margarita Torres de la Parra. Foto: Cuartoscuro.

Así, Jorge González Torres no solo tuvo la magnífica idea de afiliarse al partido en el poder para ir construyendo su éxito político, sino también la de contraer nupcias con Leticia Martínez Cárdenas, hija del cacique priista antes referido, buscando consolidar una millonaria alianza entre los negocios privados de la familia y los asuntos públicos de los tamaulipecos.

Sin embargo, a pesar de la amistad de Martínez Manautou con los presidentes Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y José López Portillo, lo cierto es que cuando su yerno aspiraba a seguir sus pasos a inicios de la década de 1980, ya era demasiado tarde. El exgobernador de Tamaulipas perdió todo su poder ante un panorama que se empezaba a vislumbrar incierto para el régimen y, simplemente, ya no pudo impulsar la carrera política de Jorge. De hecho, el periodista y escritor José Martínez M. relata que Emilio Martínez Manautou terminó sus últimos días en su rancho El Mezquite, localizado en las inmediaciones de San Fernando y Matamoros, sumido en la soledad, con la compañía de un empleado doméstico y rodeado de cientos de gatos finos. Murió prácticamente abandonado por su familia, así como de cientos de políticos que bajo su amparo amasaron fortunas y usufructuaron poder.

Consciente de que sin un padrinazgo político de peso sus oportunidades se verían ampliamente reducidas, González Torres buscó ayudar a Horacio Labastida en el Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales, así como también buscó el apoyo de su compañero de generación, Patricio Chirinos Calero; ambos destacados priistas de abolengo que, con el paso del tiempo, y a diferencia de Jorge, alcanzarían la cumbre en la administración pública. A pesar de estos esfuerzos, el declive de la carrera política de su suegro ya había marcado su futuro en el partido tricolor. Aunque el dicho rece: «al que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija», una vez marchito el árbol difícilmente dará cobijo.

Por esos años, entonces, nuestro protagonista no pudo más que ocupar el cargo de jefe del Departamento de Tierras Comunales, un puesto de quinta en la Secretaría de la Reforma Agraria, por decir lo menos, intrascendente para sus ambiciosas aspiraciones, sin ninguna posibilidad de crecimiento ni proyección en el panorama político nacional. Al tiempo que ocupaba dicha posición en la administración pública, se le ocurrió separarse del mem, con la excusa de que ese colectivo no había podido generar todavía una buena estrategia de incidencia política.

Fue entonces que, entre 1983 y 1984, fundó la llamada Alianza Ecologista Nacional (AEN), una asociación similar a la que había liderado anteriormente, aunque con la particularidad de tener como principal propósito convertirse en la agrupación que contagiara los ideales ambientalistas en el difícil mundo de la política, con el fin de que sus acciones se extendieran por todo México. En ese sentido, se llevaron a cabo protestas ecologistas en diferentes zonas del país, que iban desde alertar sobre los peligros de la Central Nuclear de Laguna Verde, hasta advertir sobre la destrucción de la selva Lacandona, en Chiapas. Pero, aun cuando obtuvo algunos logros discretos y comenzó a posicionar, poco a poco, la causa medioambientalista en algunos círculos del poder, desde los orígenes de esta nueva organización, distintos grupos ecologistas independientes la criticaron por develarse como un proyecto oportunista y politiquero para capitalizar un tema tan importante para el porvenir de la ciudadanía. Era la perversión del ecologismo en aras de la obtención de algún beneficio político.

Tras la escisión del mem, su excompañero Alfonso Ciprés incluso llegó a decir que González Torres no era un ecologista y que, por el contrario, había traicionado las luchas de esta corriente, aun cuando se amarrara a un árbol para impedir que lo tirasen o que dijera que era capaz de proteger a una hormiga si veía que alguien la iba a matar. De hecho, algunos testimonios afirmaron que este personaje siempre lucía chamarras de piel de distintas especies animales, por eso, a quienes lo conocíamos nos sorprendió que un buen día se presentara como un «ecologista». Cierta ocasión me llamó la atención que Jorge González Torres se apersonara en una plaza de San Ángel encabezando una marcha de juniors, todos vestidos de blanco impecable, de huaraches y con un paliacate. Un movimiento de ecologistas light que no sabían siquiera qué era hacer una composta.

Sin embargo, el performance ecologista de Jorge González Torres empezaba a ser redituable. En definitiva, supo aprovechar la coyuntura en temas que cada vez cobraban más importancia en el país —la mala calidad del aire en el Distrito Federal o la movilización contra el proyecto nuclear en Veracruz— para combinarlos con un sinfín de demandas sociales en distintas zonas populares que exigían mejores servicios básicos. De tal manera que, luego de la relevancia que cobraron los problemas ambientales en la agenda pública a partir de esos años, y en gran medida, gracias a la habilidad de González Torres para canalizar toda la energía que aparentemente esa nueva ideología ofrecía al turbio ámbito de la política, el aen finalmente empezó a constituirse como una agrupación política nacional, que no es otra cosa que la génesis del primer partido político ecologista en la historia de México.

Aunque resulta algo extraño que un partido ecologista se haya formado sin el apoyo unánime de la comunidad ambientalista del país y cuyos principales miembros acusaron a sus líderes de «pervertir la causa con fines meramente personales», la verdad es que el logro no era menor ni mucho menos un acontecimiento casual, pues ante un escenario en el que el partido hegemónico empezaba a fisurarse desde dentro, la novedosa opción del Partido Verde Mexicano (PVM) resultaba fascinante.

Como ha señalado Claudio Lomnitz, ante un periodo caracterizado por la crisis financiera, la corrupción, la privatización y la decadencia del régimen corporativista, de repente existieron condiciones para que sucediera una repolitización de la ciudadanía. Al momento en que los partidos opositores cobraban fuerza, las organizaciones no gubernamentales proliferaron de la mano de un movimiento en favor de la democracia, de permitir verdaderas elecciones en igualdad de circunstancias, con árbitros independientes e imparciales que brindaran certeza. Tal proceso de cambio coincidió con la intención del PVM de participar en las elecciones federales de 1988 que, por demás paradigmáticas, en retrospectiva, terminaron definiendo el futuro de la democracia, además de haber marcado un punto de inflexión en el sistema político.

Así, mientras que el PRI buscaba postular a la presidencia a un joven tecnócrata con ideas neoliberales para continuar esa ruta que idílicamente esperaba sacar al país del tercer mundo, al mismo tiempo las élites del partido lanzaban un contundente mensaje que relegaba a cualquier militante de izquierda que pretendiera ocupar algún puesto importante en la próxima administración. De tal forma que un experimentado Cuauhtémoc Cárdenas, acompañado de personajes como Porfirio Muñoz Ledo y Rodolfo González Guevara, se encargó de formar al interior del partido una alternativa que, con el paso de los meses, derivaría en el Frente Democrático Nacional, una coalición de diferentes fuerzas políticas que, denunciando la traición del priismo a los fundamentos ideológicos de la Revolución mexicana, competiría en el proceso electoral por venir.

El movimiento que encabezaba el hijo del general Lázaro Cárdenas cimbró el panorama político nacional a finales de los ochenta, pues los múltiples problemas sociales de los últimos años habían abierto la posibilidad para que el oficialismo perdiera por primera vez las elecciones. De ahí que el ambiente se tornaba tan antagónico, ya que, por un lado, se presentaba un PRI supuestamente renovado en la figura modernizadora de Carlos Salinas de Gortari y, por el otro, la nostalgia revolucionaria encarnada en Cuauhtémoc Cárdenas se revelaba como opción plausible para expulsar el autoritarismo. No cabían medias tintas, eran tiempos de definiciones. O se le daba continuidad al proyecto hegemónico o se buscaba articular un fuerte respaldo al Frente mediante una amplia gama de organizaciones de línea ideológica muy heterogénea.

En ese momento, de nueva cuenta, el oportunismo de González Torres resultaba casi deslumbrante, ya que, ante la imposibilidad de obtener el registro legal con el Partido Verde Mexicano, decide integrarse, a finales de 1987, al Frente Democrático Nacional a cambio de que Cuauhtémoc Cárdenas asumiera el compromiso esencial de incluir un programa ecologista dentro de su visión de gobierno. Exigencia que, a inicios de 1998, sorprendentemente se cristalizó en la plataforma política que suscribieron todos los candidatos comunes del FDN a los diversos puestos de elección popular y que invitaba a: Emprender un combate a fondo contra la contaminación y proceder a la reconstrucción del medio físico procurando el aprovechamiento racional y la debida protección al suelo, el subsuelo, los bosques, las selvas tropicales, los mares, las aguas internas y demás riquezas naturales. Proscribir toda conducta atentatoria contra el ambiente, fomentar una cultura de respeto a la naturaleza y promover tanto la investigación tecnológica como la cooperación del individuo y la comunidad a favor del mejoramiento del entorno.

¿Cómo una causa tan noble como la defensa del medio ambiente no iba a ser abrazada por la única vía política que intentaba transitar a la anhelada democracia? No cabía la menor duda, era una jugada maestra.

Para cualquier persona que no estuviera involucrada a fondo en el ecologismo, dar la espalda a González Torres y a su inofensivo Partido Verde resultaba casi una afrenta, un crimen ambiental, pues había sido él y nadie más quien había popularizado la necesidad de cuidar el agua y pensar en soluciones para el esmog; era el elegido por la madre naturaleza para llevar a buen puerto este tema tan ignorado por los políticos.

Sin embargo, por más cuentos que relate el supuesto prócer del ecologismo en México y pese al empeño de la historia oficial por tergiversar lo sucedido, la verdad es que Jorge González Torres concretó sus alianzas partidistas debido a un vil desplante del PRI, ya que, aparentemente, renunció a dicho partido porque deseaba una diputación que no le habían concedido. Incluso tiempo después diría: “Fui un priista de pocos años, abandoné las filas del tricolor cuando confirmé en la práctica que no había democracia ni justicia social”. Una afirmación un tanto ingenua, pues el partido al que había pertenecido ya llevaba en el poder casi sesenta años y funcionaba de manera absolutamente jerárquica.

Así fue como tristemente el PVM inauguró una práctica sistemática que iría consolidando elección tras elección, un modo de obrar consistente en aquella célebre frase atribuida a Groucho Marx que menciona: “estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”.

Vicente Fox y Jorge González Torres en 2001. Foto: David Bolaños, Cuartoscuro.

El pragmatismo de González Torres se convirtió en un sello de la casa que inspiraría a muchos otros partidos que, sin poder consolidarse, terminarían viviendo de las fuerzas políticas más grandes sin importar su ideología; de lo que se trataba, al final de cuentas, era de hacer rentable la tan esperada democracia. Y es que no hay que olvidar que, si bien, en un inicio, no cabía duda de que la alianza de los verdes con el Frente Democrático Nacional era algo natural —no solo por su declarado antipriismo, sino también por ser alternativas de causas progresistas afines—, con el paso de los años, estos mismos personajes harían coaliciones con el PAN, de la mano de Vicente Fox en el año 2000, regresarían a ver al PRI con buenos ojos en los tres periodos electorales federales siguientes (con Roberto Madrazo en 2006, con Enrique Peña Nieto en 2012 y con José Antonio Meade en 2018), y, para 2021, o más bien, a las primeras de cambio en el 2018, prefirieron cubrirse bajo el manto de un poderoso Andrés Manuel López Obrador al ir en alianza con su Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).

La lección es clara y contundente: da igual lo que pase una vez sucedida la elección, aquí lo único que importa es ganar y evitar que el partido desaparezca, continuar actuando como zánganos de la democracia, llevar el verbo reciclar hasta las últimas consecuencias —y no precisamente en términos ambientales—, sometiendo materiales usados o desperdicios a un proceso de transformación para que puedan ser utilizados una y otra vez por cualquier político interesado. Justo eso fue lo que sucedió.

Terminadas las trágicas elecciones del 88, en donde se cayó el sistema y el fantasma del fraude electoral se incubó para siempre en la cabeza de millones de mexicanos, mientras que el Frente Democrático Nacional se desintegraba con la esperanza de que Cuauhtémoc Cárdenas supiera aglutinar todos los esfuerzos heterogéneos en un nuevo partido que apelaría al carácter democrático de la Revolución —el hoy moribundo y pervertido PRD—, Salinas de Gortari comenzaría la concertación con la oposición, y los ecologistas liderados por González Torres, de manera bastante astuta y traicionera, prefirieron discretamente no formar parte de esa nueva fuerza política, intentando no hacer ruido y, leyendo bien el momento que les correspondía, optaron por volver a intentar su registro.

Si bien, los verdes se jactan de que una vez pasada la convulsión social de las elecciones de 1988, ellos continuaron trabajando 33 los orígenes en las principales causas ambientales y apelaron ante las autoridades electorales para obtener su registro político nacional, la verdad es que el factor determinante fue la anuencia y el apoyo del propio Gobierno que los hizo conseguir su objetivo.

En ese sentido, Jorge Alcocer, en una entrevista al semanario Proceso, recordó que el PVEM nació en 1989 por una decisión de Salinas de Gortari para apuntalar al PRI; le encargó a Manuel Camacho Solís que ayudara a Jorge González Torres a formar ese nuevo partido que llenaría el hueco del tema ecológico, que hasta entonces no había sido tomado en cuenta.

Esta hipótesis no resulta descabellada si se considera que en la primera lista de diputados que presentaron los verdes en la elección de 1991 había personajes que antes de ser defensores medioambientales, activistas o personas identificadas con la causa tenían como mayor y única virtud su cercanía al poder en turno o al propio González Torres.

De hecho, años después, el mismo Camacho Solís diría: “En lo personal, vi con simpatía que pudiera haber un partido verde”. Y a la pregunta expresa sobre hasta dónde llegó esa simpatía, respondió sin medias tintas: Dando facilidades… Tenía una buena relación, y la he tenido a lo largo del tiempo con Jorge González Torres, pero nunca tuve el control del partido… Y, bueno, sí, en alguna ocasión, y lo he seguido haciendo, platico con ciertas gentes, pero mi capacidad de influencia, pues, habrá llegado al punto de sugerir algunas candidaturas. La fachada era perfecta: un partido antipriista, fundado bajo las órdenes del mismo priismo. Verde por fuera, tricolor por dentro.

Lo anterior, en gran medida, explica por qué, el 9 de febrero de 1991, la Sala Central del Tribunal Federal Electoral (una institución cuya autonomía, a fin de cuentas, dependía enteramente del Gobierno) fincó un importante precedente al resolver por unanimidad que «las labores realizadas por el Partido Verde Mexicano en defensa de la ecología estaban orientadas a una participación activa y pública en la vida político-social del país, por tanto, pueden considerarse actividades de naturaleza política» y se condicionó el registro del partido a que se cambiara el nombre y el emblema con los que se había presentado, ya que el único partido con derecho de usar el color verde era el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

De tal forma, ese mismo año, tras cumplir con todos los requisitos legales, los verdes obtuvieron su registro condicionado y cambiaron su nombre de Partido Verde Mexicano a Partido Ecologista de México (PVEM), donde —no podía ser de otra manera— Jorge González Torres volvería a ser ungido como presidente y principal operador.

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