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Mujeres – SinEmbargo MX

“Los reclamos, claro, varían. Pero el principal es la violencia que nos amenaza a todas: la sexual y la feminicida, especialmente”. Foto: Cuartoscuro.

Las mujeres, nuevamente. Pienso, querido lector, que la marcha anual está muy bien, claro. Visibiliza la causa de las mujeres y sus demandas. Esa marcha o movimiento social, es realmente “ciudadana”. A diferencia de las manifestaciones de la oposición partidista camuflada que salió hace unas semanas a la calle, las manifestaciones feministas son plurales y diversas, en ella participan mujeres de todas las edades y clases sociales preocupadas por una sola y misma cosa: las mujeres, sin distinción de ideologías o inclinaciones políticas. Es el perfecto ejemplo de lo que significa una auténtica marcha ciudadana, alejada de partidos y grupos de poder. Hasta el momento, la lucha de las mujeres no ha podido ser capturada, por fortuna, ni por grupos políticos, ni culturales, ni por los intereses masculinos en todas sus variantes, porque no tiene liderazgos de ningún tipo. Ninguna mujer se puede apropiar de este movimiento, porque es de todas. Y ningún grupo puede tampoco dar instrucciones: hay variados grupos de mujeres que sostienen causas distintas e incluso confrontadas, pero todas coinciden en lo básico: se debe detener la violencia que sufrimos.

Los reclamos, claro, varían. Pero el principal es la violencia que nos amenaza a todas: la sexual y la feminicida, especialmente. El feminicidio es un delito particular, por así decirlo, del cual solo pueden ser víctimas las mujeres: asesinatos que se cometen sobre ellas precisamente por ser mujeres, es decir, por su sexo. Las consignas “Ni una más” o “Ni una menos” se refieren justamente a esos crímenes.

Esta semana, leía artículos de conspicuos intelectuales de la oposición donde sumaban, oportunistamente, la marcha como un movimiento anti López Obrador exclusivamente, intentando llevar agua a su molino, ocultando la verdadera naturaleza de la revuelta feminista, que lucha contra todos los poderes de todos los gobiernos, de todos los partidos; hacia todas las instituciones, incluyendo al poder judicial. Es, realmente, hacia todo el status quo del poder del Estado que posibilita las violencias contra las mujeres. Y más, contra la cultura patriarcal en la que vivimos, o sobrevivimos, como le ocurrió a una mujer que hace unos días caminaba, por la noche, en Naucalpan, cuando un hombre la atacó en un parque. El criminal venía en una camioneta blanca, con sus cómplices e intentaron secuestrarla. Ella gritaba desesperada en la calle que la querían violar, tras lograr escaparse del cuerpo del hombre que la tenía sometida. Esta historia se puede ver en un video que llegó a los medios y se convirtió en noticia. Los vecinos escucharon a la mujer, la ayudaron y localizaron, junto con las autoridades, a los responsables, que ya están detenidos, parece ser.

Le confieso que yo no pude ver el video completo, lo tuve que detener. La indignación que me provoca es demasiada. La indignación y la afrenta, y el terror. Ver a una mujer caminar por la vía pública siendo atacada por un hombre, más fuerte que ella, tirándola al piso en lo que parece ser una jardinera, poniéndose encima de ella con violencia. Así, de la nada. Porque un tipo lo planeó, y lo llevó a cabo. Porque no le cuesta nada. Han podido hacerlo siempre. La calle es suya. La noche es suya. Los parques son suyos. La justicia es suya. La fuerza es suya. Así, impune e históricamente, atacan en la vía pública, es decir, frente a cualquiera. A la vera de la calle por donde circulan coches, peatones, gente. Qué rabia, qué insondable rabia, querida lectora. Porque las mujeres sabemos que eso puede ocurrirnos a cualquiera de nosotras. No importa quiénes seamos: no importa nuestro nombre, ni nuestra identidad, solo importa que hayamos nacido mujeres, nuestro cuerpo.

No sé, querido lector, si los hombres han tenido una consciencia semejante de su identidad sexual, semejante a la que desarrollamos las mujeres, por necesidad. Una consciencia, aguda y espeluznante, dolorosa como un dardo. Ese momento cuando una, sorpresiva e inesperadamente, en cualquier situación cotidiana como caminar en una calle, abordar un taxi, el metro, una fiesta, toma consciencia de que se es mujer y por lo tanto, puede ser atacada. No es una consciencia de la belleza o la fealdad, sino de la identidad sexual. No tiene que ver con ser atractiva o deseada, ni con ninguna de nuestras características de “género”, es decir, como nos asumimos, nos vestimos, nos vemos, nos comportamos, sino con nuestra naturaleza corporal más básica, palpable, material. Es, esencialmente, una consciencia del poder cuando se asoma con sus colmillos sangrientos sobre cualquiera de nosotras, como le ocurrió a esa joven muchacha que caminaba en la calle, como le ocurre a millones de mujeres.

No, la noche no es nuestra. Las calles no son nuestras. Todas sabemos que caminar en la calle es peligroso: podemos ser atacadas por hombres que aprovecharán la noche, o las calles solitarias para atacarnos. Sabemos que un hombre o varios, pueden aparecer de la nada y someternos. En plena calle. Ese horror, esa pesadilla, que ninguna mujer quiere que le ocurra, pero que sabe que basta con ser mujer para que pueda ocurrirle: solo se necesita haber nacido. Eso es todo. Y es aberrante, injusto, brutal. Por eso, querido lector, lectora, cada vez que escucho un grito de una mujer salgo disparada a ver quién y dónde está gritando. Hace poco, una noche, ya tarde, escuché gritos cerca de mi casa: inmediatamente salí, sin importarme nada. Mi vecina hizo lo mismo; nos encontramos en la calle, las dos, alarmadas. Ningún hombre salió. Fui por las llaves del coche, para recorrer la calle, dispuesta a lo que fuera con tal de prestar ayuda. Porque somos iguales: somos hermanas, siempre que el poder patriarcal ponga su bota sobre nosotras. Es lo que hemos llamado “sororidad”. Esa fuerza que inventamos para todas, que es, de hecho, más poderosa que el miedo. Esa noche, no solo entendí, sentí en toda su verdad, esa consigna de las marchas feministas “si nos tocan a una, nos tocan a todas”. Sentí esa disposición, totalmente anómala, de salir de mi casa sola, a las once de la noche, a confrontar a ese poder como pudiera; de alguna manera entendí que el poder de todas está en una y somos millones. El poder de la muchacha que hizo su cartel, el de la mujer embarazada que salió a marchar, el de la embozada con un paliacate, el de la que tira brillantina, el de la que grafitea la estatua, la que patea con rabia al muro o la que escribe en la noche, en su casa. Ya en la calle, los gritos callaron, no había nadie. Me regresé a mi casa y llamé a la policía, me quedé desasosegada, pero con la extraña certidumbre de que no estamos solas, nos tenemos a nosotras, aunque no haya podido decírselo a esa mujer.

Por esto, querido lector, cuando vi el video de la joven, sentí esa rabia inmensa, no me quedó ninguna duda de por qué queremos quemarlo todo. Porque ahora también tenemos la contraparte de esa consciencia dolorosa de ser mujer, como una lámpara: la de que tenemos poder, siempre y cuando actuemos juntas, en el mismo sentido. Por eso, no nos indigna que mujeres rayen monumentos y piedras, tiren semáforos, pateen bardas, saquen a hombres de las marchas; porque nos indignan las calles, los ataques que sufrimos, las mujeres violadas, asesinadas, tiradas como basura: eso sí nos indigna, nos enoja, nos llena de rabia, nos ha hecho tomar la calle, que es nuestra. Porque, como bien dicen, ese orden misógino, “no se va a caer, lo vamos a tirar”, acabaremos por demolerlo, porque todas somos una y somos millones.

María Rivera

María Rivera es poeta, ensayista, cocinera, polemista. Nació en la ciudad de México, en los años setenta, todavía bajo la dictadura perfecta. Defiende la causa feminista, la pacificación, y la libertad. También es promotora y maestra de poesía. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (FETA 2000) Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005), Los muertos (Calygramma, 2011) Casa de los Heridos (Parentalia, 2017). Obtuvo en 2005 el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.

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