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Físico o electrónico – SinEmbargo MX

“Algo similar me pasa con algunos títulos. Cuando tengo el libro de papel, cada vez que vuelvo a él me enfrento a su portada”. Foto: Alejandro Rodríguez, Cuartoscuro

Cada día descubro a más personas que confiesan preferir los libros electrónicos sobre los físicos. Incluso dan argumentos bastante sólidos al respecto. Son argumentos que me interesan porque, en gran medida, provienen de lectores sólidos, profesionales incluso. Entre mis colegas escritores es común encontrarme con quienes confiesan haberse pasado por completo al mundo digital, mientras que, unos cuantos, siguen defendiendo a ultranza el soporte vegetal. Ellos, claro está, a veces son vistos como anticuados.

Tengo mi biblioteca de papel y mi Kindle. Soy capaz de enumerar con facilidad las ventajas del aparatito. Van unas cuantas como ejemplo: uno puede conseguir casi cualquier libro editado o publicado en las últimas décadas en cuestión de segundos; viajar con una tableta es mucho más sencillo y práctico que llenar una maleta con varios kilos de libros; es bastante amigable la posibilidad de iniciar la lectura en un dispositivo y terminarla en otro, algo impensable con los libros de papel que nos han regalado múltiples frustraciones gracias a un descuido o un olvido; son considerablemente más baratos y existen muchos más títulos a nuestra disposición en las tiendas virtuales que en cualquier librería.

Pese a ello, no me acabo de convencer. No he cedido del todo. Leo en Kindle y lo hago con frecuencia. Sin embargo, también existen algunos argumentos que me impiden una conversión plena. Estoy consciente de que muchos de ellos son subjetivos, cuando no emocionales, pero eso es justo lo que los vuelve relevantes para mí.

El primero es abstracto. Tiene que ver con la idea de pertenencia o la de posesión. No sé, hasta ahora, dónde se guardan esos datos. Es sabido que basta la cuenta de correo y la contraseña para recuperar esos archivos si se extravía un dispositivo, algo que no es sencillo de lograr con un libro físico. Sin embargo, al igual que los miles de documentos de Word en mi computadora, es muy poco probable que vuelva a ellos una vez cerrados.

En contraparte, los libros físicos están acomodados en los libreros, llego a ellos cada que busco algo, y eso hace una diferencia. No porque, necesariamente, vaya a releerlos. Pero me pasa que, cuando busco un libro, me encuentro con otro. Y esa coincidencia me hace evocar otros tiempos, una lectura antigua, las emociones que me provocó.

Algo que no sucede cuando recorro el listado de mis libros. Porque el libro físico es un objeto capaz de activar ciertas cosas que no detona el título o el autor, para no ir más lejos. Hay una relación con ese ejemplar manoseado, leído y con el que estuve involucrado varias horas de lectura. Durante ese tiempo, transitó a mi lado. Algo que no puedo reproducir con mi lector
electrónico.

Algo similar me pasa con algunos títulos. Cuando tengo el libro de papel, cada vez que vuelvo a él me enfrento a su portada. En ella vienen datos que se terminan fijando en mi inconsciente. He descubierto no sólo que los títulos y autores de los libros electrónicos que leo se me olvidan con mayor frecuencia que los de los libros físicos. Una consecuencia evidente es que soy capaz de escribir sin errores los nombres de ciertos autores (especialmente complicados) sin dudarlo si fueron leídos en papel. Por último, una mera especulación. Si un buen día, al entrar en la estancia de mi casa, me encontrara con los libreros vacíos o apenas
ocupados por un pequeño dispositivo, estoy seguro de que sentiría un enorme desconsuelo.

Al margen de lo anterior, no soy intransigente. Las virtudes de los libros electrónicos me son claras. Así que los consumo. Tanto que, como algún amigo, cuando me toca leer en ese formato un libro que me encanta, procuro conseguirlo luego en papel. No vaya a ser: hasta ahora, sigo sin encontrar ningún soporte más confiable para la palabra escrita. Eso sí, me queda claro que “físico” y “electrónico” son sólo dos epítetos. Lo importante sigue siendo el libro.

Jorge Alberto Gudiño Hernández

Jorge Alberto Gudiño Hernández es escritor. Recientemente ha publicado la serie policiaca del excomandante Zuzunaga: “Tus dos muertos”, “Siete son tus razones” y “La velocidad de tu sombra”. Estas novelas se suman a “Los trenes nunca van hacia el este”, “Con amor, tu hija”, “Instrucciones para mudar un pueblo” y “Justo después del miedo”.

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